T R A J Í N

Sin cubrebocas

 Sin cubrebocas

CRÓNICAS DESDE FRANCIA, POR SOFÍA TEXCAHUA.

—La buena noticia es que en el museo por fin podremos vernos las caras.

¿“Vernos las caras”? ¿Entendí bien? ¿Significa que ya no usaremos el cubrebocas? ¿O era figurativo?

—Oye, ¿la profesora dijo que ya no necesitaremos usar el cubrebocas para la visita al museo?

—Sí, dijo que en unas semanas se levantarán las restricciones.

¿Regresábamos a la vida prepandémica?, si en México apenas tenían un frágil esquema híbrido.

—¿Lo seguirás usando?

La pregunta surgía en varias de las conversaciones. “Creo que lo utilizaré en las clases”. “A mí me gustaría, pero no tendría caso si nadie más lo usa”. Otros se adelantaron y tiraron el cubrebocas antes de que levantaran la obligación. ¿Y yo? ¿Lo seguiría usando?

Una o dos semanas antes de la eliminación ya no era obligatorio en los lugares donde se pedía el pase sanitario. Nos enteramos cuando estábamos en medio de un restaurante formados para pagar y nos dimos cuenta de que éramos los únicos con cubrebocas.

¿Sería raro? ¿Incómodo? ¿Aterrador?

Para cuando fuimos a Ginebra, Suiza ya habían eliminado las restricciones y no fue extraño. A lo “malo” uno nunca se acostumbra.

El día que eliminaron la obligación no sabía qué hacer al llegar a SciencePo. ¿Debía ponérmelo?, ¿qué tal si en realidad el cubrebocas permanecería por inercia?

—¿Alguien todavía usa cubrebocas? —le pregunté a una compañera que tuvo clase antes que yo.

—No, nadie, yo entré con cubrebocas, nadie lo llevaba y me lo quité.

Cuando llegó mi turno, entré al salón y vi los rostros de todos. “Con la crisis ucraniana, el COVID había desaparecido”.