T R A J Í N

La violencia en San José de Gracia: un botón de muestra de lo que ocurre en México

 La violencia en San José de Gracia: un botón de muestra de lo que ocurre en México

POR ARTURO TEXCAHUA.

Conozco San José de Gracia. Lo he visitado más de una vez. Me gusta su plaza siempre muy limpia, su espaciosa iglesia y su comida. Aprecio este pueblo grande. El clima por su frescura, sin ser frío; el espíritu progresista de sus habitantes a pesar de ser acendrados católicos; la inclinación de los josefinos por hacer casas distintas, modernas, copiando estilos de grandes ciudades, sobre de Estados Unidos, a donde muchos de ellos van a trabajar por temporadas. Quieren hacer más que simples cubos con ventanas chicas, como en el centro del país. Atraído por ese entorno un día adquirí una propiedad en ese lugar que después, desilusionado porque la lejanía de Ciudad de México me haría difícil viajar continuamente a San José de Gracia, preferí vender en la primera oportunidad.

La última vez que la visité fue porque me invitaron a una boda. La música que prevaleció en el festejo fue la banda, por supuesto. Además de bailar algunas melodías tuve la oportunidad de acompañar a los varones en el famoso baile de La víbora de la mar. Los jaloneos fieros de los participantes masculinos, el vigor de las vueltas y la velocidad del recorrido estuvieron a punto de hacerme volar por los aires. Como en otras ocasiones, nos hospedamos en (creo que es el único) el hotel de Larios, que está a un lado de la plaza. Al otro día, el domingo, acudimos al patio de la iglesia a comer antojitos mexicanos: tamalitos, pozole, birria y todo lo que preparan, sirven y venden los josefinos a un precio bastante razonable. En resumen me la pasé bien. Memorable viaje a la tierra del ilustre estudioso Luis González y González, pionero de la microhistoria, orgulloso miembro del Colegio de México, fundador del Colegio de Michoacán, y autor de Pueblo en vilo, que detalla la historia de este poblado cercano a la Jiquilpan de Lázaro Cárdenas, al próspero Sahuayo y a la boscosa Mazamitla.

De hecho, hace poco planeaba regresar para marzo, cuando se festeja el aniversario del pueblo. Hacen una bonita fiesta, con concursos, música (con Que Juan Colorado ya llegó), toros, baile, desfile y mucho, mucho alcohol.

Pero también en ese último viaje llegaron a mí algunos rumores y tuve la certeza de ciertos hechos. Había una gasolinera en buen estado, abandonada, que decían que no daba servicio, porque sus dueños habían sido aconsejados de que no lo hicieran porque no convenía a los intereses de esas personas. También en un recorrido por el río descubrí muchos casquillos de armas de alto poder. Me enteré que por esos rumbos practicaban con ellas. También me compartieron algunas historias de horror que parecían más ficción que relatos verdaderos. Lo más curioso que me ocurrió fue cuando visitamos el panteón. De pronto nos imaginamos que un par de chicos nos habían seguido desde la plaza y que nos vigilaban. Los vimos caminando cerca de nosotros y creímos que ellos también visitaban a algún muerto. No, más tarde un conocido nos dijo que efectivamente nos habían vigilado, que habían preguntado quiénes éramos y por qué estábamos en el pueblo. Por unos segundos me sentí un sicario fortachón y bien armado, un macho acostumbrado al peligro, un hombre para el que la vida sólo vale una parranda sin límites y se juega el futuro siendo parte de una organización de leales; o quizá un policía encubierto, listo para reportar nombres y delitos. Vienen a una boda, les dijeron; y dándoles detalles de nuestra inocua presencia los hicieron olvidarnos. Así ahuyentaron las sospechas de nosotros, personas pacíficas, alejadas de cualquier tipo de violencia, a quienes por un momento atribuyeron pertenecer a algún grupo adversario o ser parte de algún cuerpo policiaco o militar. Nos dio un poco de miedo. Así los caminos de Michoacán.

Quizá por todo esto la noticia del pasado domingo 27 de febrero no me sorprendió. Sé que la violencia es latente en la zona. La maña anda por ahí. Las autoridades correspondientes lo saben, pero no pueden o no quieren hacer nada. Si no pueden es porque están rebasados por los grupos delictivos o porque les falta capacidad para enfrentar y resolver el problema. Si lo que sucede es que no quieren atender el asunto, es aún más grave, porque entonces podemos sospechar complacencia o, peor aún, contubernio y complicidad. No puedo entender que policías estatales y fuerzas federales se hayan presentado tres horas después de que se reportara la presencia de hombres armados y los primeros disparos. ¿Por qué ocurrió esto? Son 45 minutos de Jiquilpan a San José de Gracia y unos cuantos más desde Sahuayo. Mazamitla está a 15 minutos. Por supuesto que la policía local tiene miedo, tal vez está amenazada o intimidada y no puede hacer gran cosa: son pocos, están mal armados y viven en ese lugar. Contrariar a estos maleantes es garantizar la propia muerte. Pero los federales… ¿Será suficiente para nuestra tranquilidad saber que este enfrentamiento se realizó entre maleantes y sus cercanos, por venganza o ajuste de cuentas? ¿Será posible que un día, en México, el Estado garantice la tranquilidad de sus ciudadanos? ¿Hasta cuándo las autoridades locales y federales atenderán realmente el problema de la inseguridad en nuestro país?