Bribón, por EGB

04 Nov 12 - 18:00

BRIBÓN
Por EGB
 
En mis inicios descubrí toda la magia que encierra Xochimilco. La vegetación del Bosque de Nativitas me parecía incomparable, con sus árboles enormes y frondosos, llenos de gran vitalidad. Cuando mi mamá nos llevaba a montar a caballo me gustaba ir con la cabeza mirando hacia arriba, imaginaba que todas esas enredaderas eran rostros de personajes vivientes, algunos llorando, otros riéndose y era emocionante porque cobraban vida a cada trotar del caballo, me inspiraban tanto que cantaba esa linda canción:
-Agustín bajaaaba, bajaba a caballo.
Estas aventuras siempre terminaban en los puestecitos de quesadillas que hay en el bosque, me abrían el apetito, eran deliciosas. Nadie se preocupaba por todo el polvo que levantaban los caballos, los que atendían el negocio decían:
–Toda esta tierra es tierra pura, no que la de México, ésa sí que está contaminada con tanto camión y coches, y con un ruidero que pa que le cuento.
–Ándele, coma usted, no le pasa nada.
Así daban la explicación a unos fuereños que, con las manos tapaban sus deliciosas quesadillas de huitlacoche y flor de calabaza. Después de unas cuantas mordidas, se les olvidaba y degustaban sin temor.
Mirábamos tantas cosas, troncos tirados para sentarse, más adelante hamacas y niños en los columpios hechos por los papás con los mismos árboles, palapas donde las personas asaban carne. Miraba uno a tantas personas de diferentes partes de la ciudad, incluso extranjeros. Un domingo de tantos, recuerdo a unas cubanas. Eran mujeres muy altas y robustas, su cabello muy rizado, guapísimas. Quizá por eso observé que todos los jineteros querían que se subieran a sus caballos. Una de ellas era bastante obesa pero muy bonita. También quería subirse. El jinete buscó entre todos sus compañeros un caballo fuerte que la llevara. Y lo encontró:
–Oye, "Bribón, el Azabache", es el mejor caballo de todos.
–¿Dónde está? –preguntó uno de ellos.
–Tiene servicio, dile a Juan que lo traiga pronto.
–Dale a El Rayo por lo mientras, pero pícale.
Todos vimos cómo traían a Bribón, nos quedamos observando al animal, en verdad era precioso, negro, negro brilloso, muy altivo.
En realidad todos los presentes esperábamos verla subir. Dos hombres, los más fuertes, ayudaron en esa difícil tarea. Cuando lo lograron todo el mundo aplaudió. Ella estaba feliz. Los jineteros emprendieron el viaje jalando la rienda de cada uno de los caballos, pero lo bueno estaba por venir. Bribón dio unos cuantos trotes buscando alinearse junto con todos ellos, con cada paso parecía que las patas se le doblaban. Vi cómo a la altura de la panza, su cuerpo se pandeaba de un lado a otro. Y no obstante el caballo trató de ponerse bien, mantener su prestigio. El pobre daba unos relinchos como pidiendo ayuda. La sorpresa estaba a punto de estallar. Bribón se despanzurró en dos patas dando un relinchazo de dolor. Todo el mundo quedó petrificado viendo la acción, entre la polvareda que se levantó y los relinchos de muchos los caballos. Todos corrimos para acercarnos a Bribón y a la cubana, algunos para ayudar y otros para ver de cerca la acción, y uno que otro para verla bien, pues “todo” se le veía. La mujer tenía una pierna atorada cerca de la silla de montar, y no podían sacarla. Todo el mundo ayudaba moviéndose de un lado para otro, buscando todas las alternativas para poder desatorar la pierna. Casi fueron quince minutos los que duró esta situación. Cuando al fin le sacaron la pierna, quedó claro que esa pierna, la blanca y regordeta pierna cubana, se había convertido en la pierna mas tocada en todo Xochimilco. Finalmente pudo dar el giro para bajarse de Bribón, pero al hacerlo calló de espaldas. La incorporaron y dimos todos aplausos de alegría. Un chileno que llevaba una cámara instantánea le tomó una foto, cuando Bribón todavía estaba a trote y se la regaló a la cubana. Todo mundo le preguntaban que cómo se sentía, otros le ofrecían agua, sus compañeras le sacudían la ropa, los jineteros a cada momento le decían:
–La llevamos al centro de salud que está cerca.
De veras que tuvo todas las atenciones de jineteros y visitantes.
No muy lejos de allí, incluso más bien allí (aunque parecía como si no estuviera), vi cómo Juan, el cuidador de Bribón, acariciaba a su pobre caballo. El animal tenía los ojos desorbitados y la respiración agitada. Me acerqué, lo acaricié y justo en ese momento me dio la impresión de que Bribón era un héroe desconocido. Nadie lo miraba, nadie se acercaba para saber cómo estaba. El animal quedó en el suelo, con la columna averiada, sin aliento, destartalado.

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